Dodge

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Tragábamos la noche con el hambre de tantos desamparados. La compañía de la música era algo tan insignificante y distante como los edificios de departamentos sembrados a la sombra del Estadio Mundialista. El beat casi mudo de los parlantes marcaba el ritmo con el que Tino movía la cabeza de acá para allá y miraba los ojos ciegos de las ventanas a oscuras. La ruta iluminada todavía era la promesa de una noche eterna, a pesar de los relojes. Devorábamos las estrellas a través del parabrisas y una pequeña brisa se detenía con los aromas de la ciudad dormida.

El Dodge Coronado de Fede K era una pequeña burbuja moviéndose hacía el Centro. Un eslabón verde cargado de miserias buscando un lugar donde detenerse y dejarse embriagar. Fede manejaba, Tino iba de acompañante y yo iba tirado atrás, cruzado y apenas asomando la cabeza para mirar por encima de la ventanilla. Era temprano o tarde. No importaba. Tenía olor a alcohol en las manos y pensaba que la paz mental sólo costaba veinticinco centavos la píldora. Pero aún esa medicina no llegaba. La pantalla del teléfono gritaba que no. Aún no.

Tino me mira y me pide el tarrito de alcohol. “Está en el bolsillo de la campera”, me dice. Para él, ese tarrito de alcohol al 70% cortado con jabón no es un remedio para su paranoia, sino la última barrera ante la pandemia mortal que puede entrar en el auto de un momento a otro, aunque ninguno de los tres estemos enfermos. Ni siquiera moqueando. Rebusco rápidamente y se lo alcanzo. Lo destapa y me explica que era una de las condiciones que tuvo que aceptar para que su vieja lo dejara viajar tranquilo. Fede ríe y le dice que corte el cordón de una buena vez, pero Tino no le hace caso y me habla a mí, mientras me tiende de regreso el potecito, que lanzo sobre su campera y me vuelvo a acostar.

Martín: Bueno… ¿A donde vamos?
Matías: La verdad que ni idea, Tino. ¿Qué se te ocurre hacer?
Martín: Simple. Levantar minitas. ¿No era eso lo que dijimos que íbamos a hacer?
Fede: Si, eso dijimos, pero no se nos ocurre donde.
Martín: Vamos, che. Pónganse las pilas. Ustedes conocen mejor esta ciudad de mierda que yo.

Mi cabeza vagaba por otro lado. Tino tenía razón: Conocíamos esa ciudad mejor que él, aunque ninguno viviera en ella. Conocíamos las calles, sabíamos ubicarnos, pero carecíamos del tacto y las ganas como para sentarnos, observar y buscar respuesta a su duda vital, esa que hizo que se sentara en el asiento delantero, junto a Fede, y empezara a romper las bolas con lo de levantar minitas. Ningún nomenclador te dice donde ir de levante y mucho menos te da tips para eso. Te indica “Distancia X a Y – 45 km” y con eso te la tenés que arreglar, aunque Martín no lo quiera aceptar.

Matías: Posta que ni la más puta idea, chango. Acá el que quiere salir de levante sos vos.

No podría sonar más desganado ni aunque hubiese estado despierto tres días seguidos. Supongo que a Fede debía de gustarle la idea tanto como a mí. Hay algo emocionante en ir de levante, en tener a una mina ahí, pendiente de lo que haces, de lo que decís, de tus gestos, tus silencios, tus ausencias. De todo. Es ese algo extraño que se te aloja en las tripas y te satisface, a pesar de ser un hambre no saciada. Existe esa emoción y nos ilumina la mirada. Se ve en los ojos de Martín, que escudriñan las veredas nacidas de las banquinas y la calle cada vez más angosta y poblada, buscando una víctima.

Martín: ¿Pero que recomiendan? ¿Un boliche? ¿Un bar?
Matías: La verdad, un lugar donde pueda estar sentado. No me veo con ganas de bailar, hoy
Fede: Nunca se te ve con esas ganas, Matías…
Matías: Es cierto
Martín: Ese guaso…
Fede: … pero no se me cae una idea ni a palos…

Cerré despacio los ojos. La voz se fue alejando y sólo podía pensar en el ritmo lejano de los parlantes yéndose. Pensé en una cámara pasando a través del auto y enfocando nuestras espaldas. Mi apellido estampado en letras enormes en la parte de atrás del jersey, apenas vislumbrado por los reflejos de los faroles en la luneta. Nosotros siguiendo inconcientes nuestra aventura bajo la atenta mirada de una lente inexistente.

Martín: Entonces, guaso, ¿te pinta?

De vuelta a la realidad. A esa realidad que a gritos me indica que me voy a pasar la noche clavado en una pista de baile, aburrido y malgastando algo de plata en tragos mal preparados que mañana me van a dar resaca. Así es la tragedia de tu vida, querido. Tino tiene un norte, Fede un soporte y vos seguís esperando que algo de paz mental haga vibrar tu celular y ponga una sonrisa en tu cara. Deseas que Dios te de una mano y no ves la hora que todo termine de la forma más rápida posible mientras tus ojos desglosan tramo a tramo el entramado insostenible de una ciudad caótica.

Matías: Y, dale. Si no queda otra.

Martín dice “joya” pero ni ganas tenés ya de quotearlo. Te acurrucas contra la puerta y miras la foto que pusiste de fondo de pantalla con una mirada estúpida de borrego enamorado. Ella no está hoy para vos. Tal vez nunca lo estuvo pero no te interesa. La noche siempre es tierra de promesas, y este auto parece contenerlas a todas.

Thriller Night

Michael Jackson

No había logrado acomodarme en el taxi y todavía tenía la billetera en mi mano cuando caí que el locutor de la radio (una de las tantas inclasificables radios que parecen clonarse en Córdoba Capital) hablaba sobre la muerte de alguien.

– Otro más, che – le dije al tachero, sacando algo de conversación – ¿Quién la palmó está vez?

– Michael Jackson – se limitó a decir.

De haber tenido un paraguas encima, hubiese sido historia igual, culpa del baldazo de agua fría que se me vino encima de golpe. Quedé de piedra, parpadeé un par de veces y repetí, incrédulo:

– ¿Michael Jackson?

¿EL Michael Jackson? ¿El pibe ese de las mil cirugias y que tiene un lugar en el Olimpo de la historia de la música por la forma en que desafiaba cuanta ley de física existente cada vez que bailaba? ¿El de “Bad”, “Thriller” y “Smooth Criminal”? ¿El del Moonwalker en pelí y jueguito para Sega? ¿El de la Neverland terrenal?

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